Jesús un día se dirige a aquellos…

Jesús un día se dirige a aquellos que lo escuchaban: “sed perfecto con vuestro Padre del Cielo es  perfecto”.

Esa palabra no va dirigida como un simple consejo, que quizá no lo escuchamos siquiera, es un mandamiento y no solo para quienes lo escuchaban ese momento, sino para todos que pretendemos ser cristianos. Invitación que la hace porque el quiere ser participe de la acción santificadora del hombre. No podríamos llegar a la santidad si no es  con su ayuda. Sobre todo en esta nuestra época, que parece casi imposible poder arribar a la santidad.

Con esta sencilla pero elocuente imagen, podemos comprender el significado de la santidad. El océano inmenso esta formado por millones de diminutas gotas de agua, así mismo la santidad se ira construyendo con pequeños actos de amor. Estos sencillos actos serán realizados por amor a Dios, porque es en la intimidad del corazón donde observa Dios, hacen agradable en su presencia. Son las acciones ordinarias, las de cada día, las que aportan en la edificación de una vida de santidad.

El Concilio Vaticano II haciéndose eco de las palabras de Jesús hace un llamado a todos a la santidad en los diversos estados de vida que llevamos, es decir, la vocación a la santidad no solo es para los consagrados, sino un vocación universal y el la medida que nos vamos santificando individualmente, se santificará la Iglesia y  la sociedad. En cuanto se realice con fidelidad nuestro estado de vida seremos santos y al mismo tiempo un medio de santificación. «Todos los cristianos de cualquier condición…serán cada vez más santos…si colaboran con la voluntad de Dios…amando con el amor que el Padre amó el mundo» (n.41). Esta invitación que hace el Concilio viene dada a los obispos, sacerdotes, diáconos, laicos…, es decir, que la santidad no es un privilegio de pocos, más bien en la medida y grado de participación activa en la Iglesia mayor responsabilidad para llegar a la santidad.

Ciertamente la santidad le pertenece solo y únicamente a Dios, mas sin embargo,  en cuanto nos acercamos a Él participamos de su santidad. Por tanto el espíritu del Concilio no es el alejamiento del mundo para ser santos, sino por el contrario vivir en el mundo para transformarlo hacia Dios. La nueva perspectiva para realizar la voluntad es aquella del amor, amor al prójimo hasta llegar al enemigo. Esta manera de entender y actuar la voluntad de Dios que tiene su punto culminante en el amor universal, esta visión supera la ley del Antiguo Testamento, puesto que el amor es la expresión más alta de la misericordia de Dios. La perfección está en la adhesión total a Dios, realizada por medio de aquel amor activo y universal que ha sido revelado y ha hecho posible el encuentro con Jesucristo.

Jesús con su encarnación, haciéndose uno entre nosotros, enseña que se puede vivir como verdaderos hijos de Dios. Con su vida sencilla, se convierte para  el hombre de todo tiempo, en el más grande prototipo de toda perfección. Él es la fuente de nuestra santidad, enviando el Espíritu Santo mueve la voluntad del hombre en búsqueda del Bien. Este don recibido en el bautismo pone en nuestro corazón el germen para buscar siempre los bienes sobrenaturales, es decir, la “participación en la misma naturaleza de Dios”, corresponde a nosotros permitir, es decir,  dar una libre respuesta de amor a Dios.  Con la certeza que llevando una vida santa al mismo tiempo tendremos una vida plena y feliz.

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